Último vídeo de VIVIR

Portada Literatura Reivindicación de Julián Marías
Literatura
Reivindicación de Julián Marías
( 0 Votos )
21.06.14 - LUIS SALA

El centenario del humanista ofrece la oportunidad de redescubrir su obra ingente, que abarca un siglo de cultura española

Reivindicación  de Julián Marías -

Julián Marías, posando en el estudio de su casa de Madrid en 2003. :: Gonzalo Cruz

Cuando murió, en diciembre de 2005, su hijo Javier, quizá el novelista español de mayor proyección internacional, lamentó públicamente que la cultura oficial hubiera sido «cicatera y tacaña» con su padre. «En el plano institucional, y no es que a mí me importe el plano institucional, nunca tuvo el reconocimiento a su labor. No consiguió ningún premio Nacional, ni siquiera el de Ensayo que dan todos los años, y mucho menos el Cervantes», declaró a los periodistas que acudieron a la capilla ardiente.

Es cierto que Julián Marías, discípulo y colaborador de Ortega y Gasset, católico, liberal insobornable y, por encima de todo, humanista, no tuvo en vida el reconocimiento que seguramente merecía. Por eso este año 2014, del centenario de su nacimiento, puede ser ocasión propicia para releer sus numerosos libros o adentrarse por primera vez en una obra sistemática, dedicada a descubrir lo personal en los diversos aspectos de la vida.

Desde que publicó su primer artículo en 1932, Marías nunca dejó de escribir. Sus obras completas, reunidas en diez tomos, superan los noventa libros. De Miguel de Unamuno a su maestro Ortega, pasando por Cervantes como «clave española» y Valle-Inclán, no hay aspecto de la cultura española del siglo XX que no despertara su interés.

Nacido en Valladolid el 17 de junio de 1914, muy pronto se trasladó con su familia a Madrid, donde estudió en el instituto del cardenal Cisneros. La muerte de su hermano mayor la víspera de Nochebuena de 1930 marcó el final prematuro de su niñez. Como él mismo relata en sus memorias, «desde entonces empecé a vivir como un adulto, aunque no había cumplido los dieciséis años».

El año 1931, cuando se proclamó la Segunda República, representó un punto de inflexión en su trayectoria vital. Se matriculó en la Facultad de Filosofía y Letras de la calle San Bernardo y allí entró en contacto con una generación de maestros excepcional: José Ortega y Gasset, Manuel García Morente, Xabier Zubiri, Gaos, Besteiro, Menéndez Pidal, Gómez Moreno, Américo Castro, Sánchez Albornoz, Pedro Salinas, Lafuente Ferrari y Rafael Lapesa, entre otros.

En 1933, en la Universidad de verano de Santander, conoció a Unamuno, con el que convivió quince días en la península de la Magdalena. Por estas fechas empezó a colaborar en 'Cruz y Raya', la revista cultural dirigida por Bergamín, donde entró en contacto con Gómez de la Serna, García Lorca, Miguel Hernández y Pablo Neruda. Asiduo estudiante de la obra filosófica de Ortega, asistía a sus clases de Metafísica en la facultad. Allí contempló un espectáculo que le marcó de por vida: «El pensamiento en estado naciente, brotando ante nosotros». Aprendió alemán para leer 'Sein und Zeit' ('Ser y tiempo') de Heidegger, «probablemente el libro filosófico más importante del siglo XX».

Fiel a la promesa de libertad que representó la Segunda República, pasó la guerra en Madrid y fue estrecho colaborador de su profesor Julián Besteiro, al que ayudó en sus esfuerzos por poner fin al conflicto en marzo de 1939. Apoyó de forma decidida el golpe del coronel Casado contra el Gobierno de Negrín y en ese periodo, como editorialista del diario 'ABC', escribió una serie de artículos que le convirtieron en «voz de la Tercera España». «Es menester que se rompan las filas, que no quedemos interiormente agrupados en dos bandos hostiles, sino todos juntos, y que emprendamos la colaboración, la gran tarea que nos espera, hacer a España de nuevo y hacerla mejor que antes».

Tres meses preso

Los vencedores tenían otros planes. Del 15 de mayo al 7 de agosto estuvo preso. Al salir de la cárcel, Julián Marías era un «enemigo del régimen», un intelectual sospechoso que habría de encontrar todas las puertas cerradas. La depuración en los institutos y en la Universidad, las trabas de todo tipo y la censura no le desalentaron. En 1941 publicó su 'Historia de la Filosofía', en 'Revista de Occidente'. Obra de madurez de un joven de 26 años. El último capítulo analizaba el pensamiento de Ortega como «el máximo filósofo español».

El reencuentro de maestro y discípulo, después de ocho años separados por la guerra, se produjo en Lisboa en 1944. «Nuestra amistad, tan viva, había ido madurando y creciendo en la distancia… Nuestra vinculación personal y filosófica quedó sellada para siempre», contó. El regreso de Ortega a España al año siguiente, su paternidad y el final de la guerra mundial, marcaron el comienzo de una nueva etapa, en la que Marías se empleará a fondo en la defensa del filósofo frente al acoso de eclesiásticos integristas que querían incluir sus obras en el índice de libros prohibidos.

García Morente le dijo un día: «Mire usted, Marías, con la cátedra no se puede vivir; pero sin la cátedra no se puede vivir». Por motivos políticos, no pudo dar clases en la Universidad ni escribir en periódicos españoles. Vivió de las traducciones y de los cursos que impartió en universidades norteamericanas, como el Wellesley College, Harvard, Yale, UCLA o Indiana. También fueron frecuentes sus estancias en Perú, Argentina y Puerto Rico. Su entrada en la RAE en 1965 supuso el fin del ostracismo. Como él mismo interpretó en su discurso de ingreso, por fin la Academia ofrecía «una casa caliente y hospitalaria a quien tantos años ha vivido, en esta sociedad española, a la intemperie».

Marías fue un intelectual que escribió desde la raíz, desde el fondo de sí mismo, sin otra consideración que la seriedad de la vida. En 'Breve tratado de la ilusión' (1984) dejó lo que, leído hoy, puede ser considerado como su testamento vital: «He sentido ilusión por ciudades, países, empresas; sobre todo, por algunas personas. Me ha parecido que la única manera de vivir que vale la pena es la que llamamos vivir ilusionado».