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Portada Literatura «Asumo con dignidad que tengo 60 años»
Literatura
«Asumo con dignidad que tengo 60 años»
26.11.11 - ANTONIO ARCO

El elogiado autor cartagenero se ha reencontrado con Alatriste en 'El puente de los asesinos'

Arturo Pérez-Reverte. Escritor y periodista

«Nunca pretendí ser
toda la vida joven.
Yo asumo con dignidad
que tengo 60 años,
y ya está. Mi vida está
colmada»

El escritor y periodista cartagenero Arturo Pérez-Reverte, bajo la lluvia. :: FERNANDO GÓMEZ

VÍDEO: Así ven a Arturo Pérez-Reverte quienes le conocen

VÍDEO: Los lugares preferidos de Arturo Pérez-Reverte en Cartagena y Murcia

 

Hay unas palabras que obsesionan a Arturo Pérez-Reverte -Cartagena, 1951- desde que de «jovencito» traducía a Homero: «Llueve en las orillas de Troya mientras zarpan las naves». Hoy, el escritor navega libre por un mar de éxito, y rumbo mentalmente a la soñada Isla del Tesoro recibe, hecho todo un hombre de fiar, una noticia viva que le atañe: cumple -ayer 25 de noviembre- 60 años.

-Reconoce usted que hay días en los que dice: «Que llueva napalm y todos a hacer puñetas». Espero que hoy no sea uno de esos días. ¿Cómo está?

-Tengo tal saturación en los últimos tiempos, y tantas cosas mías de las que ocuparme, que realmente estoy muy desconectado de la actualidad. Estoy tan cansado, tan harto, que me he replegado a mis trincheras, que son mi biblioteca, mis libros, mis novelas y mis artículos. He decidido que durante una temporada voy a desconectar. Me tienen harto entre todos. Votaré el domingo lo que tenga que votar y listo. (La entrevista tuvo lugar antes de la jornada electoral del 20-N).

-Qué suerte poder hacerlo.

-Tengo un privilegio y soy consciente de él: no dependo de la actualidad para mi trabajo. Mis novelas son intemporales, y yo sólo dependo de mis lectores, que tampoco son todos españoles. Y eso me reserva un burladero, una trinchera, un analgésico que me es muy útil en situaciones como la presente. Sí, es una suerte y un alivio poderme evadir noblemente de esa realidad, a veces tan penosa, tan chabacana y tan miserable a la que como español me enfrento, como nos enfrentamos todos, cada día.

-¿De qué va siendo ya hora?

-Yo soy muy pesimista, creo que las horas ya han pasado. Ya nunca vamos a poder hacer mejor al ser humano de lo que es ahora, pero sí que podemos hacerlo todavía peor. El siglo XX ha sido el siglo de la gran oportunidad perdida. Las grandes esperanzas con las que se despertó murieron antes de que finalizara, y no entramos ya en el siglo XXI con la esperanza de que el mundo sea mejor, porque ya sabemos que el mundo no va a ser mejor, va ser igual o peor. Tenemos esa certeza de que el ser humano va a estar ahí siempre contaminando con su baja condición las causas más nobles; sabemos que las grandes aventuras hermosas van a terminar, como ha venido sucediendo históricamente, en números grotescos, cuando no penosos, de circo, en 'zapateros y berlusconis'. Y, claro, somos conscientes también de que cada vez hay más población mundial y menos recursos. La humanidad está perdiendo el control de la situación. Es muy triste, pero es así.

-Triste sí es, sí.

-Y qué pasa, ¿tener eso claro es ser pesimista? Quizás, pero ¡diablos!, yo sé Historia, y miro para atrás, y tengo 60 años, y sentido común, y he leído libros y he hablado con gente sabia, y me es imposible compartir el optimismo estúpido de quienes creen que el mundo tiende a una mejoría continua. El mundo tiende a un empeoramiento y estamos viviendo ese empeoramiento.

-¿Mantiene viva alguna esperanza?

-¿Hay solución? Desde mi punto de vista no hay solución. ¿Hay esperanza? Sí. Una vez que ya sabemos que no funcionan las grandes causas universales, y que las grandes palabras como solidaridad internacional, como revolución social o como reparto de la riqueza han sido tan manipuladas por los golfos, los sinvergüenzas, los imbéciles y los malvados -tanto daño han hecho a la Humanidad los imbéciles como los malvados-, quedan los restos del naufragio: palabras como compasión, solidaridad, caridad, sentido común, amor, lealtad, honradez, decencia, dignidad. Y con esos restos del naufragio, reuniendo los cachitos que nos ha ido dejando el desmorono, en el siglo XX, de esa Europa de los grandes valores occidentales, te puedes hacer una trinchera donde sobrevivir.

-¿Defendiendo qué?

-Defendiendo la decencia personal y haciendo todo lo posible para que tus hijos sean decentes; y eso sabiendo que te quedan libros por leer, que tienes amigos a los que ser leal, que tienes que ser honrado en tu trabajo. Perdida la gran batalla universal, quedan las pequeñas batallas individuales.

-¿Qué conviene no perder de vista?

-Lo importante que es hoy que la gente corriente sea decente. Que en el vecino de la barra de bar, en el taxista y en el compañero de trabajo encuentres las causas nobles que no vas a encontrar ya en las ideologías. Ha llegado el momento de los héroes individuales; nunca ha habido como ahora tanta necesidad de que el individuo sea heroico.

-¿Cómo reconocerlos?

-En vez de mirar a la gente colectivamente, hay que mirar a los ojos de cada persona una a una.

-¿Dónde encontrar consuelo y sabiduría?

-En los libros y en la gente sabia, eso no falla nunca. En los libros está todo; la Humanidad es muy vieja ya, son tres mil años de memoria escrita, y ahí está todo. Bizancio se hundió, Roma se hundió, el mundo de los califas se hundió, el imperio español se hundió, y todo ha dejado huellas en los libros. Los libros hacen que no te sientas un personaje aislado en una tragedia, sino alguien que forma parte de una cadena inevitable que se llama Historia. Y, después, la gente sabia, los abuelos, la gente que ha vivido y tiene arrugas en la cara; justamente a los que ahora no miramos. Tristemente, no hacemos caso a las dos cosas que más consuelan: los libros y la gente sabia. No leemos libros y a los abuelos los marginamos, y no los miramos a la cara, porque no son estéticamente correctos.

-No damos una en el clavo.

-No. El ser humano está también renunciando a aquellas fuentes de consuelo y de sabiduría que todavía se pueden dar. Por eso, recomiendo siempre leer y hablar con los abuelos, con los mayores. Los sabios y los libros, ahí están las vitaminas que pueden hacer que el ser humano se mantenga razonablemente a flote.

-¿Preguntarse si merece la pena vivir es absurdo?

-Completamente. Estamos aquí sin haber elegido nacer. Decir que la vida no vale nada, que la vida es una mierda...; ¡ya! ¿Y qué? Al fin y al cabo, nosotros le damos a un botón y tenemos luz e internet, nos duele la cabeza y tenemos aspirinas, ¡joder!...; peor es la vida del tío que está en África o la vida del animal que va a beber agua y se lo come un tigre. Formamos todos parte de algo que se llama naturaleza, que es muy jodida. ¿Merece la pena? ¡Y qué más da! Si es que no podemos elegir. 'Me ha tocado ser pobre y miserable!', 'me ha tocado ser rico y poderoso'. Pues bueno, chico, estamos aquí. De nosotros depende que la vida merezca la pena. Ningún camino es malo, excepto el que te lleva a la horca.

-¿Qué agradece?

-A mí me educaron para que pudiera desenvolverme en la vida, y lo agradezco. Me dieron libros y capacidad para leerlos y poder interpretar el mundo, me dieron estudios, se sacrificaron mis padres para que yo pudiera afrontar la vida con posibilidades de supervivencia. Me educaron para que las desgracias fueran tan encajables como los triunfos, y de eso se trata. Para mí, mi vida ha merecido la pena, y la de mucha gente que conozco también. Ahora, otra cosa es si uno vive como un miserable, como un mierda o vive sin darse cuenta.

-¿Qué está claro?

-Que cuantos más libros tienes en la mochila, cuanto más lúcido eres, cuanto más te arrimas a los sabios, cuanto más sentido común posees, cuanto más sabes mirar y cuanto más aprendes de tus errores y de los errores de los demás, más fuerza tendrás para enfrentarte a la vida.

-¿Cómo se lo ha pasado escribiendo 'El puente de los asesinos'?

-Muy bien, porque Alatriste es un desengrase. El reencuentro con los viejos amigos siempre está muy bien. Por otra parte, cada novela de Alatriste me obliga a zambullirme de nuevo, durante un año, en los textos clásicos: en Quevedo, en Lope, en Calderón... El castellano es una lengua tan hermosa, y la del Siglo de Oro es tan rica, tan brillante, tan pujante y tan fascinante que recorrerla, y meterte en ella, es un placer muy divertido y muy útil. Yo escribía mejor cuando era pequeño que ahora. Hoy estás continuamente sometido al bombardeo de los analfabetos que hablan en la radio, en la televisión, en la calle y en todas partes.

-'¡Un caballo, un caballo, mi reino por un caballo!', exclama 'Ricardo III' (Shakespeare). ¿Por qué daría usted su reino?

-(Risas). Yo tengo la suerte de que la vida me ha dado lo que yo quería. Quizás sea así porque yo me la he jugado, es verdad que no me lo ha regalado. He pagado los precios que tenía que pagar por tener lo que yo quería, y a veces han sido unos precios elevadísimos. Todo lo que he querido hacer en la vida he intentando hacerlo, he ido a por ello. Y las cosas que más quería las he conseguido: quería ser reportero y lo fui, quería escribir novelas y las escribí, y quería navegar y tengo un velero. Supongo que yo diría '¡un velero, un velero, mi reino por un velero!', pero es que ya lo tengo. Mi máxima aspiración, mi última ambición, mi extremo capricho es el mar, eso está claro, y el velero es lo que simboliza todo eso: la libertad y la independencia. Pero ya tengo un modesto velero, y ... ¡desde hace veinte años! Digamos que mi vida sí está colmada; pero, insisto, no es ningún regalo, ni ha sido la suerte. Ha sido un largo camino, muy azaroso, y muchas veces pude quedarme en la cuneta en infinidad de sitios, tanto figurada como realmente.

-¿Tiene usted cuentas pendientes?

-No debo nada a nadie, lo he pagado todo; incluso, a veces, lo pagué mucho antes de tenerlo. No, no, grandes cuentas pendientes no tengo. Tengo indignaciones con las que no quiero irme. De vez en cuando, mis artículos en 'XL Semanal' me valen como válvula de escape para soltar presión. Si estoy muy cabreado, o estoy furioso o incómodo, me digo, '¿por qué diablos me voy a callar ?'. Si no tengo nada que perder, ¿qué me pueden hacer? Si no pueden hacerme nada. ¿Recomendar que no me lean? ¿Decir que soy un fascista, un cabrón, un rojo, un facha, un carca...? ¡Qué más da! Lo que importa es lo que yo me río, lo que yo me regocijo cuando me doy cuenta de que una de las patadas que doy ha dado en el blanco y se está estremeciendo el destinatario. Siempre he pensado, y lo sigo pensando, que hay algo tan malo como ser malo: ser cómplice de los malos. A veces, el cómplice de los malos lo es por pasividad, por silencio, y hay silencios cómplices que son clamorosos. Lo que nunca podrán decir de mí es que he sido cómplice silencioso de algo que no me gustaba.

-¿Jamás?

-Ojo, yo no me estoy erigiendo en paladín de nada. Lo hago porque me lo puedo permitir, porque no tengo nada que perder, y no hay en eso ningún heroísmo. Cuando viene alguien y me dice, '¡ay, don Arturo, qué valiente es usted!', yo le dejo claro: 'Yo no soy más valiente que usted'. No es valentía, es indiferencia, es que me da igual. Es que a mí que no me inviten a cenar en La Moncloa Zapatero o Rajoy me da igual, y de hecho cuando me han invitado a ir a Moncloa no he ido. Me da lo mismo; entre mis ambiciones nunca ha estado la política.

Cretinos analfabetos

-Ni entre la gente que usted admira figuran los políticos de hoy.

-¿Admiración? Sabemos muy bien que los políticos que hoy están gobernando Europa no tienen la talla intelectual de Adenauer, de De Gaulle o de Churchill, ni siquiera la de algunos políticos españoles de la Transición. Los ves y dices: 'Estos tíos no van a mejorar a Adenauer, joder, todo lo contrario'. Hay un montón de políticos que son unos cretinos anafalbetos.

-¿Cumplir 60 años le produce vértigo?

-Lamentarse por cumplir años es una chorrada. Lo que sí que notas con los años es que te cansas más. Un tío como yo, que he tenido siempre una forma física muy buena y que siempre he estado, digamos, en acción; ¡claro que lo notas! Yo era capaz de andar cuarenta kilómetros por el desierto cuando tenía 20 años, sin agua y sin más sombra que la de mi sombrero; y durante muchos años he sido capaz de aguantar varios días sin dormir y con mucha tensión...; ¡ya no es así! Navegando también lo notas, porque cuando llega un temporal y tienes que enfrentarte a él terminas reventado, derrumbado en un rincón. Cierto que todavía hago cosas que hacía, pero las hago en el límite. Eso se llama envejecer, claro, pero es que envejecer forma parte también de las reglas, va incluido. Nunca pretendí ser toda la vida joven. Hay gente patética que lo pretende patéticamente. Siempre me han producido pena, más que irritación, los que no se resignan a asumir la edad que tienen y todavía juegan a ser jovencitos: a la hora de ligar, de vestirse, en sus actitudes... Hay que asumirse a uno mismo con dignidad e intentar ser feliz. Yo asumo con dignidad que tengo 60 años y ya está, aunque claro que me gustaría tener 20 años, y 30 años, y 40 años, ¡y 57 años si pudiera!

-¿El miedo no aparece?

-No. Dejé de tener miedo el día que descubrí que me iba a morir. En la primera guerra comprobé que la gente se muere. Yo pensaba que era inmortal; todos lo pensamos. Pero vi muy claro que, en cualquier momento, uno se queda tirado en mitad de un charco de sangre y ya no se levanta nunca. Lo descubrí muy joven: cualquier bala de las que pasaban y de las bombas que caían me podían tocar a mí también; yo formo parte de este mecanismo. Me di cuenta de que morirse es tan natural como estar muerto. La vida se volvió para mí asombrosamente simple: como voy a morir, lo que tenga que vivir procuraré hacerlo lo más ajustadamente a como deseo hacerlo; por eso no tengo más miedos que los normales: a que sufra la gente a la que amas, a una muerte dolorosa, a una enfermedad penosa, a envejecer con la memoria floja...; ese tipo de cosas. Miedos normales. Cuando asumes que la vida es una trampa peligrosa y que vivir es una tarea difícil, no hay miedo irracional que sobreviva a la lucidez.

-Como escritor, ¿a que no estaría dispuesto?

-A seguir escribiendo si no disfrutara haciéndolo. Escribo porque soy muy feliz escribiendo, me lo paso muy bien. Levantarme por la mañana y decir 'a ver si hoy hago cuatro folios estupendos' es un móvil que cada día me hace despertarme con bastante ilusión.

-¿Cómo pasará el día de su cumpleaños?

-Será un día normal. Yo nunca celebro mi cumpleaños, nunca celebro nada: ni mi cumpleaños, ni el santo... Un día normal...; supongo que vendrá algún amigo a verme... ¿Sabe qué pasa? Desde muy jovencito, todos mis cumpleaños, santos, nochebuenas, navidades, reyes..., me pillaron siempre por ahí fuera, muchas veces en países en guerra, y allí no había celebración posible. Me acostumbré a que para mí un santo o una Navidad eran días normales. Nunca hacía nada especial, y se me quedó esa costumbre igual que se me quedaron otras: no le echo hielo a las bebidas porque en algunos países, que estaban llenos de enfermedades, no se podía tomar; llevo el pelo y las uñas muy cortas por una cuestión de higiene, y tengo todavía reflejos y costumbres casi de soldado.

 

 

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