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| Alicante envenenada |
| 08.10.11 - ANTONIO PARRA SANZ | |||
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Claudio Cerdán llega a superar la puntería narrativa del propio Hammett cuando refleja la maldad y la corrupción de una ciudad Convertir Alicante en la Poisonville de Dashiell Hammett no es nada fácil, ni los tiempos, ni las latitudes ni los narradores son los mismos, y ya no se trata de juzgar si los dos primeros son mejores o peores en esta novela, sino de valorar que el tercero, el narrador, no desmerecería en nada frente al americano, es más, en muchos pasajes de esta obra incluso llega a superarle. Y sí, no son palabras mayores sino realidades, porque el ritmo frenético impuesto en estas páginas, y el ojo, más que agudo, capaz de identificar hasta el último excremento de mosca de la ciudad de la luz, hacen que la labor de Claudio Cerdán roce la brillantez. Tomar el lumpen como protagonista es algo arriesgado, siempre se puede encanallar la prosa más de la cuenta, o se puede sucumbir ante el dominio de los instintos, pero este joven yeclano consigue que las andanzas del Tuerto Durán no se queden sólo en eso, en meras andanzas de un candidato a despojo social, sino que se transformen en la odisea de un héroe clandestino, tan baqueteado como su homólogo, en un Mediterráneo ultramoderno en el que los dioses son ahora mafiosos vengativos, rusos locos y borrachos, jóvenes efebos sudamericanos, pijos que trafican para combatir el aburrimiento, y otro ex convicto, Magallanes, a quien El Tuerto privó de ciertos atributos en presidio, y que ahora también ha sido liberado para buscar su venganza. Personajes como Farlopero López van más allá del mero papel de escudero, el Chino, Marga, el infame Garrigós, el policía corrupto Mierda de Perro, Aurora, el pederasta Godoy, Carroña, el médico poseído por el ácido, o la enorme 'mula' llamada El Bellota, conforman el universo de esta novela, un mundo al que no cuesta entrar, aunque a veces nos provoque náuseas y risas a partes casi iguales. Un mundo en el que no desentonamos porque vamos de la mano de su autor, porque Claudio Cerdán nos lleva al lado para que podamos sobrevivir en él. Pero eso sí, es un mundo en el que aún predominan ciertos valores, en muchos aspectos, El Tuerto Durán acumula más integridad que otros delincuentes encorbatados que aún no han pisado una celda, y tal vez sea ese código de honor el que le permite sobrevivir, aunque sea a costa de ir caminando siempre por el filo de varias navajas, baldeos o pinchos carcelarios. Siempre habrá alguien que quiera matarle, pero también alguien que tenga que darle las gracias.
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