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El lector de sueños
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23.01.10 - MANUEL MOYANO

Por encima de sus excesos y rarezas, el estilo de Murakami desprende un indefinible encanto

El lector de sueños

El japonés Haruki Murakami constituye, junto a Paul Auster, uno de esos raros casos en que un autor que no escribe libros de usar y tirar, que se impone cierta exigencia artística, consigue encaramarse sistemáticamente a las listas de libros más vendidos.

El fenómeno es tan misterioso como probablemente lo sea el propio Murakami (Kioto, 1949), un tipo que no se prodiga demasiado en público y al que le han bastado pocos años para figurar entre los iconos de la postmodernidad, esa postmodernidad que los más sesudos intelectuales tildan de artificiosa y banal.

Al calor de su fama actual se ha editado por primera vez en español esta novela de 1985, de larguísimo título, donde ya se encuentran todos los elementos que caracterizan la narrativa del autor: cierta tendencia al surrealismo, personajes más o menos excéntricos que se guían por reflexiones peregrinas o delirantes, imbricación entre fantasía y realidad, una atmósfera general de extrañeza, abundantes dosis de actividad sexual y, en especial, proliferación de referencias a la cultura occidental: desde escritores, músicos, actores o grupos de rock, hasta marcas de cigarrillos, de cerveza o de whisky.

En esta novela son perceptibles las sombras de Kafka, de Philip K. Dick y de Michael Ende y su 'La historia interminable', libro que se publicó en 1979. También es más que probable (pese a la proximidad de fechas) que influyeran en el autor la novela 'Neuromante', con la que William Gibson inauguró el cyberpunk en 1984, y la película 'Brazil' (1985), de Terry Gilliam. Claro que, de no ser por el imposible anacronismo, también creeríamos que Murakami bebió de 'Matrix' (1999).

La narración discurre alternativamente en dos (llamémoslas así) dimensiones. En una de ellas, el Fin del Mundo, habitan unicornios de ojos azules cuyo pelaje se dora en el otoño; el protagonista, lector de viejos sueños en una biblioteca, se ve separado de su sombra. En la otra dimensión (la nuestra) encontramos a un investigador que persigue la eliminación del sonido a través del estudio de los cráneos; en este lugar también se hallan los semióticos y los tinieblos (seres que viven en el subsuelo, al modo de los morlocks de Wells). Ambas dimensiones se ven conectadas a través de una técnica llamada 'shuffling'…

Pocos autores se hubieran atrevido a escribir una novela de casi quinientas páginas con estos mimbres y, sobre todo, pocos hubieran salido airosos de la empresa. Murakami, pese a los desmayos, lo consigue, y ello es gracias a que posee ese algo indefinible que llega a despertar nuestra afición por ciertos autores: el encanto.

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