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La ética no limita los avances de la ciencia
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17.03.12 - MARÍA JOSÉ MORENO

Las universidades y los centros de investigación deben contar con una comisión encargada de comprobar que los trabajos realizados cumplen la ley en materia de Derechos Humanos

La ética no limita   los avances  de la ciencia

Aurelio Luna, vocal de la Comisión de Bioética por la Facultad de Medicina. :: GUILLERMO CARRIÓN / AGM

Emilio Martínez, vocal de la Comisión de Bioética de la UMU por la Facultad de Filosofía. :: G. CARRIÓN / AGM

Saber dónde está la barrera entre el bien y el mal, entre lo que se puede y lo que no se puede hacer, entre lo permitido y lo prohibido, suele ser algo difícil de definir. Los principios morales de las personas a menudo juegan un papel importante a este respecto, así como la conciencia del ser humano que es, en última instancia, quien cargará con las consecuencias de las acciones que se lleven a cabo. Cuando se habla de ciencia, estos conceptos no quedan al margen puesto que son personas las que se dedican a ella, las responsables de los avances y de las investigaciones que se realizan, y de ahí que la ética se haya unido a la biología para dar como resultado el concepto de 'bioética', donde se incluyen los principios para la correcta conducta humana respecto a la vida.

Desde 1948 la Declaración de Internacional de los Derechos Humanos de la ONU, firmada en París, supone el cimiento fundamental en que se basan los pilares de la bioética. Un documento en el que, independientemente de la cultura o la religión, los países aceptan los derechos inalienables que tiene cualquier persona.

Para que en el campo de la investigación se cumplan esos derechos, las instituciones deben contar con una Comisión de Bioética encargada de supervisar todos los proyectos que se deseen llevar a cabo.

La Universidad de Murcia (UMU) creó su comisión en 2002 y, desde entonces, «por imperativo legal, todas las investigaciones deben contar con su visto bueno», como explica Emilio Martínez, vocal de la Comisión por la Facultad de Filosofía.

Señala que «desde el punto de vista de la financiación es muy importante contar con la aprobación de este comité y, además, no es habitual que se enfrenten a proyectos problemáticos porque los científicos suelen conocer muy bien dónde están los límites y, en el caso de que se encontrase alguna irregularidad, simplemente con indicarlo lo resuelven».

Desde el punto de vista de la Filosofía lo que subyace en este asunto es que hay que preservar la dignidad de las personas, y eso tiene diversos aspectos, como, por ejemplo, que hay que cuidar el medio ambiente dado que repercute en el estado del planeta que se va a legar a las siguientes generaciones.

También ha tomado fuerza en los últimos años el consentimiento informado porque las personas no pueden ser manipuladas, deben ser libres de decidir si quieren participar en una investigación o no, al igual que deben ser libres de retirarse a tiempo.

Como defiende Aurelio Luna, vocal de la Comisión de Bioética de la UMU por la Facultad de Medicina, citando a Rousseau: «La libertad de uno termina cuando comienza la libertad de otro».

En resumen, hay que respetar al máximo la dignidad de la persona y de ahí es donde surgen todas las protecciones que se han ido creando durante los últimos años para evitar que las sean engañadas, manipuladas, se experimente con ellas de una forma salvaje o se abuse de ellas en nombre de la ciencia.

Ninguno de los dos vocales considera que la Bioética suponga un cortapisa al avance en investigación. Emilio Martínez asegura que «no necesariamente para descubrir algo relevante hay que empezar por experimentar con humanos o animales, sino que es básico ir agotando todas las posibilidades previas antes de llegar a esas fases aunque, sin duda, si finalmente resulta crucial, se hará». Añade que «quienes digan que la ética puede frenar la ciencia corre el riesgo de caer en el nazismo»; un momento histórico en que se saltaron todos los controles y se hicieron los experimentos que consideraron oportunos sin ningún tipo de freno a costa de vidas humanas.

En palabras de Martínez: «El fin no justifica los medios, sobre todo si se trata de vidas humanas. Lo mejor es avanzar poco a poco para conseguir buenos objetivos científicos por buenos medios y no intentar atajar al coste que sea y como criminales».

También coinciden en que así como las escalas de valores cambian con el paso del tiempo, tampoco la bioética se queda atrás. Y si hace no tantos años, por ejemplo, la donación de órganos o los trasplantes eran objeto de polémica, como puede suceder actualmente con las células madre o las terapias génicas, quizá en no mucho tiempo también sean aceptadas por la sociedad como una técnica más.

No obstante, señala que «los límites siempre estarán en que a las personas no se les debe forzar a nada que puede provocar daño a terceros o a sus convicciones, por lo que siempre hay que tener en cuenta las decisiones individuales y no juzgar, al igual que sucede hoy en día con la donación de órganos: existe esa posibilidad pero no es obligatorio».

En el caso de quienes se dedican a la medicina, en una sociedad multicultural como es la actual, deben estar preparados para aceptar las decisiones que tomen los pacientes de acuerdo a sus valores o cultura sin que eso suponga un dilema moral para el profesional. «Es muy importante para un médico saber definir cuál es su ámbito de competencia y dónde están los límites de su capacidad de decisión o la de un paciente», como explica Aurelio Luna.

Añade que «si el enfermo es mayor de edad y está en pleno uso de sus funciones mentales, podrá ejercer su libertad y decidir a qué tipo de tratamientos desea someterse y a cuáles no; mientras el médico hará lo que esté en su mano para ayudarle. En el caso de que el enfermo sea un menor no considerado maduro, es decir, sin capacidad de decisión o en cualquier otra circunstancia, entonces serán las leyes y el derecho quienes amparen el derecho a la vida».

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