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Arte y evolución
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11.02.12 - PEDRO ALBERTO CRUZ

La obra habla visualmente, nos cuenta una historia -la suya- incardinada en otra más amplia: la del artista y su entorno

Arte y evolución

«El análisis de la producción de un artista, desvela con claridad meridiana muchos aspectos no solamente relacionados con la factura, con el 'estilo', con la impronta dada por el autor a cada obra y que, en su conjunto, se traduce en lo que se denomina 'personalidad'. La obra habla visualmente, nos cuenta una historia -la suya particular- incardinada en otra más amplia: la del artista y su entorno; la obra desarrolla un discurso, prolijo o escueto, que posee la virtud de poder ser leído por el que se acerque a ella; la obra, en suma, es la muestra fehaciente del 'tiempo' del pintor, del 'tiempo del artista'.

Si en un ejercicio de memoria visual (y esto no entra en contradicción con lo escrito la semana pasada), repasamos los distintos momentos de lo que hemos convenido en llamar 'arte' y de sus manifestaciones, las obras, de inmediato nos damos cuenta que existen unas diferencias, y, acaso, unos débitos meramente formales. ¿Esto quiere decir que nos encontramos ante una línea, cuyo perfil de dientes de sierra nos permite hablar de cimas y depresiones? ¿Qué el 'arte' forma parta de un proceso evolutivo jalonado por momentos brillantes y otros menos? No.

La misma definición de evolución tira por tierra esa teoría -demasiado lastrada por el positivismo, demasiado determinista- ante la paradoja de querer introducir en ella a su contrario. Pero hay más. No es extraño encontrar escrito que el camino hacia la perfección en el dominio de la imagen -oficio devenido del aprendizaje- es paralelo al incremento de la capacidad humana, al desarrollo de nuevas aptitudes y, subsiguientemente, al progreso mental sufrido desde el Paleolítico Superior hasta ahora. No.

'Potencia en acto'

Nuestra capacidad es la misma que tenían los primeros miembros de nuestra especie, nada ha cambiado desde entonces (en este plano/mente); lo que sí se ha hecho es ir convirtiendo su 'potencia en acto', en herramienta (sí ha existido una evolución instrumental) al servicio de las necesidades psico/físicas presentes desde el origen. Por eso, el arte no es una excepción, es una confirmación de la falta de validez del 'sistema' evolutivo con el que han querido encorsetarlo, y con el que todavía se le sigue explicando.

El 'arte' no se ha visto sometido a un proceso, no ha ido subiendo escalones -para bajar algunos peldaños en determinadas épocas- construidos sobre los anteriores, y no supera al pasado cuando desarrolla su presente, siendo a su vez superado cuando se asciende al siguiente. El arte, al igual que cualquier otra manifestación humana, responde a su tiempo, al tiempo en el que vive y en el que se aloja, y sin el que no tendría sentido ni explicación.

Y sólo con centrarnos en algunos ejemplos podremos comprobar que lo dicho no es disparatado. Vayamos a Egipto, su arquitectura, su escultura, su pintura, son medios para asegurar la permanencia de un sistema teocrático y la vida tras la vida; nada puede cambiar, nada puede alterar el equilibrio ni la inmutabilidad gestual, y cuando esto se altera es porque las circunstancias exigen otra respuesta (la revolución atoniana llevada acabo por Akenatón).

Pasemos por Grecia, la koré y el kuros arcaicos sirven a su tiempo, y si se mantienen es porque con ellos los artistas griegos -clásicos y helenísticos- responden adecuadamente a las demandas temporales.

Si damos un salto, lo mismo podemos decir del románico, del gótico, del renacimiento, de cómo en estos 'momentos' el arte sirve para hacer visible la ideología política, religiosa, social (el árbol es el mismo aunque las ramas aparenten ser distintas) imperante, y de cómo los cambios a los que asistimos no son otra cosa que adaptaciones a lo que demanda la sociedad (dirigente, claro).

Saltemos más. Llegamos al siglo XIX, nos adentramos en el XX y en lo poco que llevamos del XXI, y ¿qué sucede en estos territorios temporales tan vastos, tan dilatados, tan multidireccionales? Que el tiempo se acelera y dispersa, y parece perder la unidad que hasta entonces había servido de guía, de patrón único; ahora, las respuestas necesariamente son variadas, distintas, contrapuestas, acordes con unos cambios sociales y materiales que demandan otras vías, otros modos de expresión.

Y es ahora cuando asistimos a la ceremonia de la confusión, a los planteamientos que hablan de lo moderno, lo contemporáneo y lo otro, lo residual que se resiste a desaparecer; y todo ello, con la buena intención de tratar de explicar lo que sucede sin abandonar la teoría de la evolución. Todo, creo, es más sencillo si individualizamos la respuesta y dirigimos la atención al tiempo del artista.

Recuerdo a Tàpies

Cada artista vive 'su' tiempo sin dejar de actuar en el tiempo común («…ningún arte hecho en los tiempos modernos es antimoderno…», escribe Robert Storr), y eso hace que la respuesta sea cada vez más personal, más abierta o más cerrada, según el concepto que se tenga y la necesidades expresivas que genere. Nada hay más arbitrario que tratar de meter en un mismo cajón todo, para tenerlo controlado y separar -según convenga a los intereses imperantes- la paja del supuesto grano; nada es más incierto que el modelo evolutivo aplicado al arte, si con él olvidamos la realidad cambiante del tiempo y las distintas respuestas a las que ha dado lugar.

Y no quiero acabar sin dedicar unas líneas al recientemente fallecido Antoni Tàpies, por su importantísimo papel en el arte español y universal, y porque su obra puede servir de ejemplo a todo lo desarrollado en este escrito. Quede constancia de mi pesar por su desaparición, y mi homenaje a su figura y a su obra.


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