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El origen del arte
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04.02.12 - LA VERDAD

Desde hace tiempo tenía en mi mente la idea de hacer públicas las emociones sentidas y vividas como crítico. Hoy inicio esa labor

El origen del arte

'La creación de Adán' de Miguel Ángel, en la Capilla Sixtina.

Desde hace tiempo, y tras unos miles de folios -la mayoría dedicados al arte- escritos, en mi mente ha ido desarrollándose la idea de hacer públicas las conclusiones obtenidas tras la visita a muchísimas exposiciones, aproximadamente un 65% de ellas objeto de mi labor crítica; los supuestos teóricos introducidos -sin querer llegar a elaborar una teoría propia- en biografías, ensayos y catálogos en los que he participado, y las emociones sentidas y vividas en este azaroso -y a veces peligroso- mundo del arte.

Y todo ello desde mi perspectiva, sin implicar a nadie, sin apoyarme en 'autoridades' (otra cosa es que lo consiga plenamente: lo adquirido de otros -lecturas, investigaciones compartidas, charlas, discusiones- es difícil de eliminar cuando, decantado, se posa y mezcla con nuestra propia producción), libre en el hacer y el decir, aceptando el acierto y el error, y siempre desde la visión crítica del crítico que no puede dejar de serlo (al igual que siempre seré 'enseñante' pese al abandono prematuro de la docencia).

Y uno de los temas a los que más vueltas le he dado, y con los que inicio estos 'apuntes', ha sido al 'origen del arte', a sus primeros pasos, y cuándo se tuvo conciencia de los hacedores de obras de su especificidad, del carácter distinto y separador de su actividad, y cómo se revistieron de un cúmulo de prejuicios para presentarse -'pontificales'- delante de un pueblo para el que el arte, una vez que se autonombró arte, fue perdiendo interés y alejándose de él.

Contracorriente

Si hemos de atenernos al momento de la apropiación del término arte -y si acaso del concepto- por lo que hoy se considera como tal, el recorrido es corto y cuestionado en los últimos 40 años del siglo pasado. Y todo porque en una etapa de la llamada Historia del Arte, se reivindicó lo que entonces se producía y lo anterior 'ad infinitum', incurriendo en uno de los más graves errores (a mi modo de ver- metodológicos y sistemáticos conocidos). Recorrer el río contracorriente impide, por el esfuerzo, contemplar objetivamente lo que el paisaje ofrece.

Son muchos los que han escrito, utilizando la palabra 'arte' muy a la ligera, sobre las primeras manifestaciones gráficas de nuestra especie -a la que hemos considerado dos veces sabia, sin detenernos a analizar pausadamente lo que significa la repetición-, y en un alto porcentaje los escribidores/investigadores fijan en ellas el inicio, el origen del arte.

Divagando -más veces de las necesarias- con mis alumnos de esta visión contaminada y más extendida de lo que parece, saqué la conclusión de la existencia de una parte de verdad, pero no en cuanto a la obra y a su función (todavía sonrío al recordar una de las hipótesis sobre el significado de la pintura rupestre, que las consideraba auténtica obra de arte fruto de una necesidad estética en un momento de bonanza económica), y sí en cuanto al que más tarde se denominará artista.

No, esas manifestaciones del Paleolítico Superior no son arte, porque no se tenía conciencia del arte -tal como después se desarrollará- ni intención de hacer arte, y da igual que desde nuestra perspectiva se consideren así, porque no se vivió, porque nunca se hicieron para ser contempladas por embobados diletantes, todo lo contrario, las cuevas de difícil acceso -y vedadas para el resto de la horda o del grupo- fueron sus 'galerías', sus espacios expositivos, 'sus talleres de interpretación'.

Las primeras 'pinturas' y las primeras 'esculturas' nacen por la necesidad de permanencia -de subsistencia- del grupo, no por una fuerza interna imposible de mantener escondida -'numen' se ha llegado a denominar-, de carácter individual y que, por lo tanto, «exige» dejar constancia de su existencia para satisfacción propia; y, también, por la necesidad de control -mental y más tarde físico- de los dominadores de la imagen sobre la incipiente sociedad, que ve en ellos, en su capacidad cuando se hace manifiesta, a unos seres poderosos que mediante su uso pueden dirigir la vida, pueden practicar mancias perjudiciales o beneficiosas (esta parte de la 'práctica' todavía se mantiene vigente: en la vertiente popular en lo emotivo, religioso y en la superstición, en la de los 'artistas' haciendo patente su superioridad sobre los que, en justa correspondencia, les deben agradecimiento por lo que han hecho).

El poder de la imagen se impone y se aleja de la realidad para poder asumir significados más complejos mediante la síntesis, la abstracción y la sustitución; pero, los resultados siguen sin ser 'arte', y claramente se decantan por la representación del orden establecido, por ser la parte visible -y entendible- del poder y su garantía de permanencia. Los ejemplos son muchos y todos coinciden en lo mismo.

Primeros pasos

Acaso el mundo griego, y su prolongación en Roma, pueda plantear algunas dudas al individualizar a los 'artistas' (aunque siga considerándolos ciudadanos de segunda categoría, ya durante el helenismo se habla de 'inspiración' y Dión Crisóstomo se refiere a Fidias en términos 'modernos'), sin que por ello se desprenda del lastre e impida que se siga acumulando hasta el Renacimiento, cuando el menestral empieza a reclamar otra categoría, comienza a dar los primeros pasos para que su actividad sea reconocida como arte, y él -ellos- como artista.

El arte, pues, aparece cuando los que hacen imágenes toman conciencia de que su actividad -pese a ser eminentemente manual- es equiparable a la poesía, a la música, a la teología, etc., y que con ella se puede llegar al estadio -a la esfera- donde lo sublime impera, sin importar que sus realizaciones -obras- mantengan su dependencia y el carácter funcional -e incluso mágico- del principio.

Desde este presupuesto -nada dogmático, nada excluyente, pero sí resultado de una mayéutica personal- lo que llamamos arte tiene un origen muy próximo (y más cercano todavía si nos fijamos en otras 'porciones' de la cultura, en otros pueblos), y se relaciona más con la intención que con la acción, y con algo que irá tomando forma con el paso del tiempo y que, por su propia naturaleza, sentará las bases para el 'fin' del arte tradicional: la libertad del artista como único estandarte, aunque, eso sí, conservando todas las características del principio y las adheridas en los miles de años de trayectoria que la representación, la imagen, ha recorrido, y los 'vicios' anteriores y posteriores.

El origen -para hacer breve la conclusión- y la meta del arte convergen desde el momento de su inicio -ya hablaré en otro momento de 'arte y evolución'-, y esta contradicción física no ha variado, permanece incluso con más fuerza 'después del fin del arte', porque se sigue alimentando de los mismo nutrientes que dieron energía a los primeros que se autodenominaron 'artistas'.


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